A veces subestimamos el poder de un «buenos días» con una sonrisa al cajero del supermercado, de sostener la puerta a quien viene cargado o de ceder el paso por cortesía
Ser amables con los desconocidos nos hace más humanos-. Vivimos en la era de la prisa y el desinterés, caminamos por la calle con los ojos en la pantalla, los oídos cancelando el ruido del entorno con auriculares.
Sin embargo, estamos cometiendo un error. La amabilidad con los desconocidos no es un acto de ingenuidad; es el pegamento que sostiene a una sociedad que amenaza con desmoronarse por el aislamiento.
Pensamos que son minucias pero, para alguien que está pasando por un mal día, que se siente invisible o que lidia con una batalla silenciosa, ese pequeño destello de humanidad puede ser el salvavidas que cambie el rumbo de su jornada
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La neurociencia lo ha demostrado, ser amables nos hace bien a nosotros mismos. Cuando ayudamos o somos cordiales con un extraño, nuestro cerebro libera oxitocina y dopamina. Rompe el ciclo de hostilidad en el que a menudo nos sumergimos y nos recuerda que, debajo de las diferencias, todos compartimos la misma experiencia humana.
No se trata de ir abrazando a todo el mundo por la calle ni de estar confiados en situaciones de riesgo, se trata de recuperar la cortesía básica y la empatía cotidiana.
EO// Redacción: Roynel Rojas
