La neurocientífica Hannah Critchlow explica cómo todos podemos desarrollar la flexibilidad mental que será necesaria para afrontar los desafíos que vienen
Cómo entrenar tu cerebro para desarrollar habilidades esenciales en la era de la IA. – A primera vista, esto parecería imposible: nuestra materia gris y blanca tiene, en gran medida, la misma estructura que la de nuestros ancestros de la Edad de Piedra. De hecho, si acaso, nuestros cerebros son un poco más pequeños: restos arqueológicos sugieren que se han reducido de manera significativa en los últimos 10.000 años.
Sin embargo, Hannah Critchlow, neurocientífica de la Universidad de Cambridge, en Reino Unido, ofrece muchas razones para ser optimista. En su nuevo libro, explica cómo todos podemos desarrollar la flexibilidad mental que será necesaria para afrontar los desafíos que vienen.
«Básicamente, lo escribí para mí misma, para poder tomar mejores decisiones y mejorar mi propia vida, especialmente ahora que atravieso la mediana edad. Pero también para mis padres, para que puedan mantener un cerebro sano en la vejez, y para mi hijo, que ahora tiene 10 años. ¿Qué puedo hacer para ayudar a que su cerebro florezca?»
Empecé a trabajar en este libro hace tres años y, desde entonces, ha habido una explosión de avances en inteligencia artificial. Pero incluso entonces ya era evidente que esta tecnología iba a empezar a irrumpir en todos los aspectos de nuestra vida, tanto a nivel social como individual. Y, tanto en ese momento como ahora, había mucho entusiasmo al respecto, pero también mucho miedo.
Quería tomar distancia y reconocer que la inteligencia artificial se desarrolló a partir del conocimiento que hemos obtenido de la neurociencia. Entonces pensé: ¿qué pasaría si le damos la vuelta a esa idea y nos preguntamos cómo podemos usar ese conocimiento para aprovechar al máximo la inteligencia que ya tenemos en nuestro propio cerebro orgánico?
La misma comprensión que ha impulsado estos avances tecnológicos puede liberar el potencial cognitivo humano que todos tenemos.
¿Cuáles fueron sus criterios para seleccionar las habilidades que serán más importantes en el siglo XXI?
Quería centrarme en habilidades que a menudo han sido pasadas por alto por los científicos, pero que son fundamentales para nuestra capacidad de conectar con los demás, imaginar un mundo nuevo, innovar, resolver problemas y pensar a largo plazo.
Dado que vivimos en una época de cambios sociales y tecnológicos sin precedentes, examino nuestra capacidad para tolerar el cambio, la incertidumbre y la ambigüedad.
Empecemos con la inteligencia emocional y la empatía, que a menudo se consideran «habilidades blandas».
Los niveles de inteligencia emocional y empatía pueden ser uno de los mayores predictores de cuán satisfechos nos sentimos con nuestra vida, de qué tan positivas son nuestras relaciones con los demás y también del éxito académico.
Cuando observamos los datos genéticos, parece que estas capacidades tienen un componente hereditario de entre el 10% y el 45%, pero todos podemos entrenar nuestra inteligencia emocional y nuestra empatía.
Sin duda ¿Cómo es posible que las bacterias intestinales puedan cambiar nuestro comportamiento?
El mecanismo no se conoce por completo, pero hay una gran cantidad de nervios en el intestino y también en el corazón. Cuando tienes una «corazonada» o una «sensación visceral», es porque todas esas células están enviando señales a través del nervio vago hacia la ínsula, una región del cerebro involucrada en percibir el entorno y recopilar información, y luego hacia las áreas encargadas de la toma de decisiones.
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Se cree que las bacterias intestinales producen neurotransmisores químicos que alteran la actividad de los circuitos neuronales y moldean nuestro comportamiento, incluidas nuestras interacciones sociales.
Una forma es aprovechar mejor nuestros momentos de ensoñación. El 20% de nuestro día lo pasamos con la mente divagando, es decir, sin pensar en algo concreto ni tratando de alcanzar una meta específica, y es justamente ahí cuando empiezan a surgir nuevas ideas.
El cerebro simplemente empieza a detenerse en distintas cosas que estaban rondando en la mente. Y sabemos que salir a caminar en la naturaleza puede ayudar en ese proceso. Contribuye a aumentar una frecuencia muy particular de oscilaciones eléctricas cerebrales llamadas ondas alfa, que están asociadas con un pensamiento calmado y creativo.
Probablemente por eso Arquímedes tuvo también su famoso momento de eureka mientras estaba en el baño, relajado en el agua.
Sabemos que la actividad física no solo es increíblemente buena para el cuerpo, sino también para el cerebro, porque permite la creación de nuevas células nerviosas y circuitos neuronales.
Eso nos ayuda a pensar de nuevas maneras e incorporar nueva información, de modo que conservemos la agilidad y flexibilidad del cerebro.
Nuestro cerebro utiliza enormes cantidades de energía para pensar de distintas maneras, así que cualquier cosa que podamos hacer para ayudar a nuestras mitocondrias a producir energía limpia y eficiente va a contribuir a todos esos «malabares mentales».
Hago ejercicio, porque eso ayuda a que las mitocondrias se multipliquen y por ende a que tengas más «centrales energéticas» en tu cerebro y en tu cuerpo.
Me aseguro de dormir lo suficiente, porque es entonces cuando el organismo puede limpiar los desechos tóxicos que deja la producción de energía.
Y como de manera saludable, para que mis mitocondrias tengan el combustible adecuado y puedan producir el tipo correcto de energía. Eso significa no consumir demasiada azúcar ni alimentos ultraprocesados.
EO// Con información de: BBC
