Los jóvenes deciden desconectarse de las pantallas para volver a los gustos por el ajedrez, clubs de lectura, rompecabezas y café
Los inesperados hábitos “antiguos” de la generación Z.- En un giro de los acontecimientos, la generación más digital se está saliendo de Internet para reconectar. Agobiados por tanta optimización y algoritmo consumidor, los Zeta (nacidos entre 1997 y 2012) han descubierto que el ocio analógico, aunque arriesgado y frustrante, trae gratificaciones más reales y duraderas.
2026 se anunció como el año de la desconexión. Muchos propósitos de año nuevo de la generación Z tenían que ver con reducir de un modo u otro sus horas diarias frente a la pantalla. En una encuesta sobre hábitos que la gente querría haber abandonado en 2025, la mitad de los participantes de esa edad había indicado que salirse de Instagram y de TikTok era su gran reto vital. A finales de ese año, un artículo de Financial Times anunció que, tras alcanzar un pico en 2022, el tiempo dedicado a las redes sociales había comenzado a descender. El dato mostraba una caída más abrupta entre adolescentes y veinteañeros.
Hasta Adam Mosseri, presidente de Instagram, tuvo que reconocer que los usuarios estaban pasando mucho tiempo en los DM (mensajes directos). “Todo lo que se comparte con los amigos se está moviendo hacia lo privado, hay más vídeos y fotos compartidos en DM que en las stories y los feeds”, dijo en un pódcast. Esto también significa que gran parte del contenido que vemos está monetizado y, quizás por eso, a la gente ya no les resultan ni frescos ni divertidos.
La generación Zeta está cambiado su tiempo online de ocio por interacciones cara a cara. Los datos del estudio Dentsu sobre nuevos hábitos de ocio de la generación Z observa que el 58% muestra interés por socializar en persona en clubes de lectura, grupos de running o actividades compartidas. Lo mismo disfrutan un concierto en directo (para cuyas entradas ahorran durante varios meses) que una cola. Se inscriben a clubs de lectura, a talleres de cerámica y de bordado y aman tomar café o té matcha en sitios tranquilos y sin pantallas.
Las actividades a las que se les presupone un alto esfuerzo cognitivo o de concentración se les concede el máximo valor. Si el libro que se lee es un clásico del siglo XIX y tiene 900 páginas su valor reputacional es más alto que el de una novela romántica.
Las partidas de ajedrez, que empezaron a hacerse virales en TikTok con juegos cortos y rápidos, han conquistado espacios físicos como los clubs offline y los Starbucks, donde se demuestra que el ajedrez puede ser tan entretenido como un videojuego.
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Los cafés y los clubs offline son los terceros espacios –ni la casa ni la escuela ni el trabajo– donde les gusta a los más jóvenes pasar el tiempo. El movimiento de los clubs offline nació en los Países Bajos y ya se ha expandido por 14 países. Aunque no tienen reglas estrictas, estos clubs se piensan como espacios de creatividad, entornos que estimulan la mente y potencian la conexión entre las personas, y, sobre todo se habla sin pantallas por medio.
La generación zeta está encontrando en lo manual –desde amasar harina para hacer pan o barro para hacer cerámica–, en lo estético y en el arte vías poderosas de escape y reconexión.
En un escenario de lo más contradictorio, los más jóvenes han empezado a documentar en sus redes sociales fórmulas, rutinas y trucos para desconectarse de esas mismas redes y algoritmos que los atrapan, pero a los que no quieren renunciar del todo, entre otras cosas, porque le otorgan estatus.
Tal y como explica la escritora Kate Lindsay en su artículo Estar crónicamente online es de mal gusto, desconectarse se ha vuelto aspiracional. Y lo aspiracional para que otorgue prestigio tiene que enseñarse en las redes. Eso o no existe.
EO//: Con Información de: La Vanguardia
