Poema de Yoliannys Urbina
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Alzo los ojos y en las copas de los árboles predicho
está mi futuro, o al menos eso creo. Veo las ramas
secas extendidas en el cielo, como quien alza los brazos
esperando a que Dios le tome los dedos y le conceda
su milagro, entonces me pregunto ¿cuál será el deseo de
los árboles que has quemado? Mientras lo contemplo
alguien dice “tranquila, tranquila, es porque el sol no
para de acercarse a nosotros, es culpa del sol, es culpa
del sol”. Me pongo lo zapatos y empieza la carrera.
Corro, intento huir, ¿qué otra cosa puedo hacer además
de eso? Corro, corro, corro sin parar.
El aire que choca con mi cuerpo y hace que mis cabellos
se alcen y vuelen, perforan mis adentros, me asfixian,
pero sigo corriendo, no puedo hacer otra cosa sino eso,
corro.
Entonces choco con un millón de cerdos, vacas, y
caballos, masticando los desechos de mis antepasados,
mis amigos, mi familia, y mi culpa… su verdad me
apuñala en el estómago, caigo en suelo, trago tierra y
aire y me levanto y corro, huyo, huyo y corro. Es tan
repugnante, pero sigo corriendo porque no puedo hacer
nada más que eso.
Me adentro a lo más recóndito de mi tierra, en donde los
árboles son tan altos como los ángeles y descubro que
incluso ahí están sus huellas, mil y un cuerpos expuestos
en huesos. Comprendo, entonces, con una lucidez
que me priva: no hay afuera. El escape es una palabra
inventada por los que aún no han mirado el vacío, todos
en su burbuja y yo solo huyendo, sigo corriendo, corro,
corro ¿qué otra cosa puedo hacer sino eso? corro.
Llego al mar, busco la sal, busco las caracolas, busco
las palmeras, pero ellos también se han fugado o se
han muerto. Entonces corro y me sumerjo, y lloro, lloro
y lloro y muero.
EO// Vía: Escritos de Yoliannys Urbina
