El verdadero valor del trabajo en el hogar

Por Victor Rojas

El verdadero valor del trabajo en el hogar.- Hay tareas cuyo éxito se mide, paradójicamente, por su invisibilidad. Nadie nota que los platos están limpios, que la ropa está doblada en el armario o que la cena está lista en la mesa. Pero basta un solo día en que esas tareas dejen de hacerse para que la rutina de cualquier hogar —y, por extensión, de la sociedad entera— se desplome por completo.

Durante generaciones se nos vendió una narrativa bastante cómoda: el trabajo doméstico era una «muestra de amor» o una «responsabilidad natural» asociada a ciertos roles dentro de la familia. Sin embargo, llamar amor a lo que en realidad es un trabajo no remunerado y continuo solo ha servido para encubrir una de las desigualdades económicas más profundas de nuestra historia.

En los últimos años se ha avanzado en el discurso de la corresponsabilidad, pero aún persiste una trampa lingüística bastante común: la idea de que los hombres «ayudan» en casa.

Cuando decimos que alguien ayuda, asumimos implícitamente que la responsabilidad final pertenece a otra persona.

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Limpiar el suelo o poner una lavadora no es un favor que se le hace a la pareja; es la gestión básica de la propia vida. A esto se le suma la carga mental: el agotamiento invisible de tener que planificar la compra, recordar las citas médicas, prever lo que falta y coordinar la logística del hogar. Delegar la ejecución mientras se mantiene la gestión mental no es compartir el trabajo, es coordinarlo.

Si el trabajo de cuidados y mantenimiento del hogar se contabilizara en el Producto Interior Bruto (PIB) de las naciones, representaría entre un 10% y un 25% de la economía global, según diversos estudios internacionales. Las personas que se dedican a esto a tiempo completo —o que suman una «segunda jornada» al volver de sus empleos remunerados— están facilitando que el resto de la fuerza laboral pueda salir a producir cada mañana.

El trabajo doméstico es, literalmente, el motor que permite que todos los demás motores funcionen.

Reconocer el valor del trabajo doméstico no es una cuestión de cortesía ni de buenas intenciones; es un acto básico de justicia social y equilibrio económico. Ya es hora de sacar a la luz el trabajo que siempre ha sostenido nuestras vidas desde las sombras.

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