Carmen de Cura, en Aragua, el pueblo que se negó a morir

Por Freddy Vásquez

Las ruinas de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, cuentan la batalla de un pueblo ante el olvido

Carmen de Cura, en Aragua, el pueblo que se negó a morir .- En el corazón del pueblo, las ruinas de la iglesia Nuestra Señora del Carmen se alzan como un grito silencioso, como un recordatorio del pasado. Lo que hace dos siglos fue un proyecto arquitectónico cuya patrona fue la Virgen del Carmen, hoy son los restos de un pueblo que se negó a desaparecer ante una grave epidemia que alejo a las personas de sus hogares por más de 50 años.

Este monumento nacional, ubicado en el municipio Camatagua en el sur de Aragua, es un destino fascinante. Para llegar, tomamos un bus en el terminal de la Bandera que nos dejaría en la plaza Bolívar de la localidad, justo en frente de esta imponente edificación. La historia del pueblo y su iglesia datan de entre 1802 y 1805, cuando un grupo de vecinos se organizó para obtener una licencia con el fin de construir el templo. Este permiso daría origen al nombre del pueblo apegado a la iglesia, esto según información del Instituto de Patrimonio Cultural.

Se trataba de una obra con una fachada armoniosa, la primera capilla de Carmen de Cura y contaba con 3 puertas y ventanales superiores, 3 espaciosas naves con bellas columnas, arcos torales, amplio presbiterio y 2 capillas laterales. Una construcción que se calcula que duró aproximadamente 20 años en proceso de ejecución. Sin embargo, el destino tenía otros planes, pues la obra jamás fue completada en su totalidad.

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La epidemia

La primera interrupción vino con las guerras de independencia, que sacudieron los valles de Aragua. Pero el golpe más devastador llegó en 1880, cuando una terrible epidemia de fiebre amarilla y paludismo azotó la región.

Este evento fue devastador para la comunidad de Carmen de Cura. Se estima que la población, que entonces rondaba alrededor de las 10.000 personas, se vio obligada a huir o murió a causa de la peste. El éxodo masivo detuvo por completo las obras del templo, dejando el edificio a merced del tiempo y el abandono. Por muchos años, la desolación y el silencio se adueñaron de sus calles. En un censo de 1949, la población no llegaba a las cien personas, y la escuela contaba con solo 25 niños. Las calles, aunque todavía para ese entonces conservaban sus adoquines, eran un reflejo de un pueblo desértico.

La periodista Adalis Freites, oriunda del lugar, capturó esta tragedia en una frase que me impresionó mucho cuando la leí: «Por mucho tiempo, estas ruinas sagradas fueron el signo funerario del pueblo que agonizó». Debido al abandono los techos de la iglesia se desplomaron y las paredes se derrumbaron hasta tener las ruinas que vemos hoy. En algunas oportunidades se han encontrado objetos que se remontan a los inicios del templo, como llaves, cerámicas y un cáliz, testigos silenciosos de un pasado glorioso.

EO// Con información de El Universal

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