En la península costarricense de Nicoya, una de las cinco «zonas azules» del planeta, este pueblo que hasta hace dos décadas era tan solo un secreto entre surfistas es hoy un laboratorio natural donde conviven tradición local y una arraigada comunidad internacional
Santa Teresa: Refugio más deseado de Costa Rica.- Emplazada en el extremo suroeste de la península costarricense de Nicoya, llegar hasta Santa Teresa es toda una declaración de intenciones. Carreteras polvorientas, pequeños pueblos donde la vida cotidiana parece suspendida, selva densa e inabarcable que por fin se abre al Pacífico… El largo camino —las distancias no son grandes sobre el mapa, pero sí en tiempo real: cinco horas desde el aeropuerto de San José, tres desde el de Liberia— tiene su recompensa, porque Santa Teresa es, sin duda, pura vida.
Aquí pura vida no es un eslogan, ni siquiera esa expresión versátil que se usa para casi todo: como saludo, despedida y agradecimiento, para decir que todo va bien o incluso para relativizar cuando todo va mal. Aquí pura vida es, ante todo, una manera de estar: una relación más laxa con el tiempo, una cierta indiferencia hacia la urgencia, una idea de bienestar que no pasa por acumular, un ritmo vital sostenido en lo esencial. En Santa Teresa, donde lo esencial —luz, temperatura, playas de postal— ya está dado, pura vida es la mejor forma de describirla. Tarea difícil, en cualquier caso, porque simplemente hay que vivirla.
No es casualidad, pues, que este pequeño pueblo se encuentre en una de las cinco llamadas «zonas azules» del mundo: territorios donde la esperanza de vida es significativamente más alta. Se ha atribuido a la dieta, la genética y el sentido de comunidad, pero también a un fuerte propósito vital —una cotidianeidad sin estridencias— y a la actividad física como parte natural del día a día.
Leer también: Mallorca: Lujo responsable en el corazón del Mediterráneo
La naturaleza, aquí y en toda Costa Rica, no es un telón de fondo sino una prioridad nacional, en la que conservación y desarrollo han ido de la mano. La geografía, además, impone su propio ritmo. Si bien hay playas maravillosas a las que es fácil llegar —como playa Negra o playa Grande, junto al Parque Nacional Marino Las Baulas, en la bahía de Tamarindo, o Nosara, más al sur—, el aislamiento ha funcionado en el caso de Santa Teresa como un filtro providencial.
Durante años, con una infraestructura mínima, fue territorio casi exclusivo de surfistas atraídos por la constancia de sus olas y la potencia del Pacífico. También llegaron los yoguis. De esa primera tribu —aún presente— queda el pulso informal y sano de quien organiza su vida en torno al mar y a la naturaleza, imán que ha atraído a una creciente comunidad internacional que ha hecho de Santa Teresa su hogar.
Las olas de Santa Teresa son de las más consistentes del Pacífico centroamericano: funcionan casi todo el año, con la marea baja como momento favorito de los locales. De arena clara y varios kilómetros de extensión, rara vez está masificada. Antes de que caiga la noche, la gente se congrega en la orilla, o alrededor de una hoguera.
Al norte, en Playa Carmen convergen surfistas de todos los niveles; al sur, Playa Hermosa —más salvaje y menos concurrida— recompensa a quienes se alejan un poco. El surf lo impregna todo: el lenguaje, los horarios, la forma en que la gente ordena su día. En Santa Teresa, nadie tiene prisa, pero nadie llega tarde a una buena ola.
Lujo descalzo
Hay quien describe el pueblo como una sola calle, no siempre asfaltada, flanqueada de tiendas de surf —como Del Soul, que también imparte clases— y cafés donde conviven acentos argentinos, franceses y estadounidenses, y se sirve açaí. Y, sin embargo, es en el anonimato que ofrecen sus frondosos verdes interiores o la inmensidad blanca de su playa donde uno encuentra esa conexión plena con la naturaleza que pocos lugares pueden ofrecer.
Aunque Santa Teresa invita a no moverse demasiado, merece la pena escaparse hasta Montezuma y sus cascadas escondidas en la selva: pozas de agua dulce, vegetación exuberante y caminos todavía salvajes que resumen bien el espíritu de Nicoya, un lugar donde la naturaleza aún se impone, aunque es difícil saber hasta cuándo.


EO//: Una Información de: El Mundo