Todo acabó para siempre en el año 79 d.C., cuando el volcán del monte Vesubio hizo erupción con una violencia destructora
Pompeya.-Imagina una ciudad próspera del Imperio Romano, donde sus habitantes llevan una vida relativamente buena, familia, amigos, pan y buen vino. Un lugar muy bullicioso, comerciantes y niños por doquier. Así era Pompeya, casas decoradas con muchos colores, baños públicos concurridos y panaderías con el olor a pan recién horneado. A unos kilometros, el monte Vesubio, una montaña imponente que no inspiraba miedo, pero que guardaba en sus entrañas un gigante de fuego a punto de despertar y arrasar con todo.
Todo acabó para siempre en el año 79 d.C., cuando el volcán del monte Vesubio hizo erupción con una violencia destructora. En un instante todo el ambiente en pleno día se tornó negro, una espesa nube de ceniza, piedras volcánicas y gases tóxicos comenzó a descender del cielo. Luego una densa lluvia de escombros ardientes colapsó los techos de la casas y comercios, las salidas de la ciudad quedaron bloqueadas. Muchos intentaron huir con sus pertenencias, pero quedaron atrapados por la falta de aire, todo ocurrió muy rápido. Algunos decidieron refugiarse en sus hogares pero no sobrevivieron, Pompeya fue sepultada bajo metros y metros de material volcánico, y sus habitantes congelados en el tiempo en plena agonía.
Pasaron casi mil setecientos años para que los expertos lograran encontrarla y desenterrarla, hallaron una cápsula del tiempo con un contenido perfectamente conservado. La cenizas lograron proteger a los edificios, las joyas, los alimentos, y lo más asombroso, también resguardó las siluetas de los cuerpos de las personas y animales que murieron en la tragedia, creando moldes de sus últimos segundos de vida, ésto permitió recrear el trágico final de Pompeya.
Hoy, se pueden visitar las ruinas de Pompeya; es escalofriante, es un lugar que albergó muchas historias que fueron conservadas por los escombros volcánicos, también es un testimonio silencioso de la fuerza indomable de la naturaleza y un legado invaluable de la vida en la antigüedad.
EO//Jesús Tillero, periodista