En País Vasco, España, existe un pequeño pueblo marinero que se cruza con cuatro puentes y desemboca en una piscina natural
La piscina natural más bella de Urdaibai. – Justo en la puerta oriental de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, encontramos una de las postales más imprevisibles del litoral vasco. Un caserío estirado entre dos riveras, con sus dos barrios que se miran frente a frente, separados y a la vez unidos por cuatro puentes, y sus dos calles que van a dar a una playa que funciona como el corazón de la zona.
El pueblo comparte destino y topónimo con el río que lo atraviesa: Ea. Así, simple, con dos letras, dos vocales dobladas que le dan derecho a sacar pecho como el pueblo con el nombre más corto de España. La brevedad del nombre, en todo caso, es excepcional, al igual que lo es el paisaje que forma.
¿Y no hay plaza mayor en el pueblo? No al uso. Pero como alternativa tienen la playa, que es una prolongación natural del casco urbano hacia el mar. No hay paseo marítimo que la anteceda, ni concentración de toldos. El adoquín acaba para dar paso a la arena. Apenas ciento veinte metros de longitud en forma de embudo, fundidos con un puerto tan pequeño como el nombre del pueblo. En principio, es un espacio modesto; pero capta toda nuestra atención.
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La clave está en el baile eterno de las mareas. En marea alta el agua sube hasta inundar la costa entera, lame los muros de las casas y hace flotar las barcas de colores como si el pueblo entero navegara sin moverse de sitio. En marea baja, el mar se retira dejando impracticable el pequeño puerto, y, entonces, deja al descubierto un largo pasillo de arena húmeda y obliga al bañista a caminar, y caminar un poco más, hasta que el agua le llega por fin a las rodillas.
Protegida la playa de Ea por las dos laderas que actúan de rompeolas naturales, el oleaje del Cantábrico se borra mucho antes de llegar a la orilla, dejando como resultado una piscina natural de verde esmeralda. Todo esto sucede entre verdes saturados. Las laderas que encierran la ría están tapizadas de robles, castaños y pinares que bajan la pendiente hasta rozar el agua salada, como si el bosque no hubiera terminado de decidir dónde acaba la tierra y empieza el mar.
EO// Con información de: National Geographic
