Poema de María Valentina Guerra
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Si tan sólo pudiera perfeccionar el arte del desapego, quizá así y sólo así no me afectaría tanto la indiferencia en los rostros ajenos. Podría sonreír, con amabilidad fingida, al peregrino que saluda desde la distancia. Podría sumergir mi alma en el mar infinito de mis antiguos pesares, sin miedo a ahogarme hasta eventualmente perecer entre recuerdos inhóspitos de una vieja casa inhabitada.
Abandonaría pues, la mansión de mis memorias, y con ella dejaría un rastro de pólvora, prendería en fuego el recinto que acogió mi débil cuerpo durante tantos años. Correría libre hacia el balneario solitario, y gritaría con toda mi fuerza por clemencia, por redención, por la reivindicación de mi alma previamente desdichada. Ni el desahuciado forastero, ni el inquisitivo peregrino, ni ningún prejuicioso viajero, podría siquiera someter mi espíritu ante el infortunio de las vidas pasadas, los espejismos de un mecanismo que ha funcionado durante siglos, una réplica vulgar más siniestra que la anterior. Entre míseras rutinas y fútiles desvelos. Abnegada de la sociedad me siento. Excluida del mismo sistema que señala a los soñadores, a los creadores, a los de corazón simple y puro, a los que carecen de ambición y sólo aspiran a experimentar la vida en su máximo esplendor, pero se resignan y conforman con mantener el status quo a favor de la plutocracia. A favor de una sociedad retrógrada, construida a partir de los cimientos de una civilización esclavizada por pantallas, adicciones, y vicios irremediablemente tentadores ante el Coronel del más alto rango.
Sin duda, qué vida tan dura…
Así que sí, si tan sólo pudiera desdibujar las líneas de estas incomprensibles realidades paralelas, e inhabitar mi cuerpo durante sólo unos efímeros instantes, quizá mi piel no sería cortada por el filo de sus vacías palabras. Quizá no sería desgraciada con fantasmas del pasado. Ni fantasiosas ideas censuradas. Ni el recuerdo me atormentaría el alma, ni una palabra atravesaría mi mirada clavada en la suya. Ni la flecha de tan vil arquero, ni el francotirador del bosque, escondido entre la hierba y la cumbre escarlata, podrían detener el tiempo, en el instante mismo en que el mundo dejó de girar, sólo para aclamarla a ella como la Princesa de los Cielos.
Yo, personalmente, tras abandonar mi cuerpo terrenal, renacería en el alba, como una magnífica aurora boreal, muestra de mi eterna gratitud para con el Reino de los Cielos; un espléndido y glorioso espectáculo, sin lugar a dudas. Y en medio de noches silenciosas, quizá sólo así los humanos reflexionarían sobre el daño causado a los jóvenes a quienes no se les permite sentir. Por todos aquellos cuya voz nunca fue escuchada, por todas aquellas mentes brillantes dotadas de gran potencial dorado, por todas las ideas no vociferadas, y por todos los sentimientos reprimidos, que, oh, por cierto, para la ironía y sorpresa de muchos, aprendemos a desensibilizarnos mucho antes de poder hablar.
Oh, sin tan sólo el mundo fuera mío y sólo mío, quizá así y sólo así, podría descansar sin miedo a morir al día siguiente. Quizá así y sólo así, no me torturaría hasta martirizar mis delirios y conformarme con transmitirlos en una hoja de papel, testimonios de mis estragos y tristezas, aciagos de mis épocas nubladas por el efecto soporífero a causa de la belladona; y el floripondio, la trompeta del ángel que me inmovilizó, atrapándome en un infausto sueño de febril otoño.
EO// Vía: Escritos de María Valentina Guerra
